Breve evocación de cuatro escritores de Valparaíso

BREVE EVOCACIÓN DE CUATRO ESCRITORES DE VALPARAÍSO: MODESTO PARERA, JULIO FLORES, CLAUDIO SOLAR Y MANUEL PENA MUÑOZ

Eddie Morales Piña

Resumen

 

 

El artículo trata acerca de cuatro escritores de Valparaíso con quienes el autor de esta breve evocación ha estado relacionado en el transcurso de su vida. El texto se refiere a Modesto Parera y a Julio Flores, ya fallecidos, y a Claudio Solar  y a Manuel Peña Muñoz. El texto es producto de la investigación que culminó con el Diccionario (personal) de la literatura chilena, Tomo II, Época Contemporánea, donde se insertan varios escritores y escritoras de Valparaíso. Se trata de una semblanza con evocaciones personales del autor y la descripción y valoración de las principales obras de cada uno de ellos.

Palabras claves: escritores de Valparaíso, evocación, descripción, valoración de obras.

Abstract

This article deals with four authors of Valparaiso of whom the author of this brief evocation has been related to during his life. The text refers to Modesto Parera and Julio Flores who are dead and Claudio Solar and Manuel Peña Muñoz. The article is the result of an investigation which culminated in the Dictionary (personal) of Chilean literature, Volume II, Contemporary Period, where various writers of Valparaiso are listed. It consists of a description with personal memories of the author and a description and evaluation of the principal works of each one.

Key words: writers of Valparaiso, evocation, description, evaluation of works.

        

 

La ciudad de Valparaíso desde el siglo XIX ha tenido una rica vida cultural y literaria. Desde el punto de vista literario, Valparaíso no sólo se ha convertido en un cronotopo, es decir, en un espacio en que se han desarrollado importantes acontecimientos literarias, sino que también la ciudad ha formado parte del imaginario estético con que los escritores –tanto los originarios, como los que se han avecindado en ella-, han encontrado una fuente de motivación para el proceso escritural. “La ciudad del viento” como la llamara Joaquín Edwards Bello ha convocado hasta el presente a los artistas de las diversas disciplinas a plasmarla en distintos formatos estéticos, pues la ciudad encierra en sí misma una poética del espacio, como diría Bachelard. Sirvan, entonces, estas palabras como una apertura para evocar a cuatro escritores –Parera, Flores, Solar y Peña Muñoz- que han hecho de Valparaíso el espacio vital de su ser y quehacer como escritores[1]. Tres de ellos son Premio Municipal de Literatura de esta ciudad (Parera, Solar y Peña), mientras que Julio Flores pudo serlo si no hubiera fallecido tempranamente.

            Primeramente, evoco a Modesto Parera Casas, poeta, novelista, crítico literario y librero. Nació  en un empinado y soleado pueblo de Cataluña, en Martorell, España en 1910. Allí transcurrió su niñez. En plena adolescencia sus padres se trasladan al pueblo de Victoria, en Buenos aires, donde su espíritu inquieto y vivaz busca, a través de la lectura y los círculos que frecuenta, un constante perfeccionamiento cultural. En Argentina reveló sus inquietudes literarias y funda un Ateneo llamado “Virgilio” y escribe ensayos teatrales.

            Algunos años después retorna a España con el fin de estudiar en la Universidad.  Allí se vio enfrentado al drama de la Guerra Civil española en que participó activa y valerosamente al lado de los republicanos. “Modesto Parera (...) estuvo en la primera línea del frente con toda la fe y el entusiasmo de la juventud idealista. Abandonó sus estudios e hizo como todos los intelectuales progresistas el calvario de España”[2].

            Terminada la guerra, vuelve a América, esta vez a Chile, casado ya, a bordo del emblemático y ahora legendario barco “Winnipeg”, que había sido comprado por el gobierno republicano en el exilio. En sus memorias, Pablo Neruda relata que “en el mismo sitio de embarque se juntaron maridos y mujeres, padres e hijos, que habían sido separados por largo tiempo y que venían de uno y otro confín de Europa o de Africa (...). Todos fueron entrando al barco. Eran pescadores, campesinos, obreros, intelectuales, una muestra de la fuerza, del heroísmo y del trabajo”[3]. Entre los embarcados venía Modesto Parera quien se radicó para siempre en Valparaíso. En este puerto el escritor va a desarrollar una activa y significativa labor literaria y cultural, lo que se vio refrendada por su personalidad carismática, que logró aglutinar a los escritores en una Sociedad donde fue su presidente; desde este cargo llevó a cabo importantes empresas literarias regionales. También optó a cargos de representación popular, ya que había tomado la nacionalidad chilena.

            En Valparaíso, además, fue conocido por sus librerías ubicadas, una, en calle Condell esquina Bellavista, y, la otra, en Condell frente a la Plaza Aníbal Pinto. En una de ellas conocí al poeta que vino en el Winnipeg, siendo un adolescente de quince años inquieto por la literatura y la poesía. De ese primer encuentro tengo a la vista uno de sus poemarios con una dedicatoria de su puño y letra extendida el 20 de julio de 1968. Se trata de la obra titulada El libro de Francisca (1966), con un prólogo de otro amigo, el poeta Claudio Solar.

            Revisando su trayectoria literaria, Parera escribió desde muy joven artículos y poesías en diarios y revistas, pero no publicó nada orgánico hasta 1965. Su primera obra es Atardeceres. Al leerlo, el lector tiene la sensación de hallarse frente al fruto de intensos años de labor, el estilo depurado, la forma clásica del soneto y los matices que impregnan a una poesía que es un remanso de ternura, lo atestiguan. Después de esta su primera obra, los poemarios se fueron sucediendo regularmente: Tardes de otoño (1966), El retorno de Francisca (1967), El río infinito (1967), Fuego y cenizas (1968), Las redes del silencio (1969), Espuma y rocío (1971), Polinomios simples (1972), Más allá del olvido (1974), 50 poemas (1994, antología de sus nueve libros), Palabras rotas (1995) y Voces, ecos y nostalgias (1999).

            Claudio Solar en el prólogo a El libro de Francisca  sostiene que en este poemario se distinguen tres tópicos: el amor, la soledad y la comunicación. La obra es un  largo poema con una unidad, el tema del amor. “Modesto Parera escribe con un tono reposado, de reflexión (...) su texto poético no es más que un camino para volcar lo que sus lecturas filosóficas formaron en él. Va respirando, en la madurez de su vida, como si entrase en un doloroso clima acompañado –a manera de guía- por Francisca, por sus recuerdos, por la dulzura de su amor” [4].

            La crítica literaria siempre destacó los valores estéticos de la creación poética de Modesto Parera, donde sobresalen motivos líricos como el amor, la vida, la muerte, la nostalgia, la alegría y la tristeza. Cultivó diversas formas estróficas, pero donde demostró su calidad y certeza líricas fue en el uso del soneto clásico.

            En 1976 se atrevió a incursionar en la prosa narrativa publicando su única novela con el título de Máscaras, con un prólogo de Alfonso Calderón. El tema de la novela es el conflicto de conciencia de una mujer, Sara, que pretende llevar a las últimas consecuencias la liberalidad que ella sustenta como modo de vivir. El choque entre esta “filosofía” y la realidad, cuando la protagonista conoce a Alberto que pretende sacarla de esa quimera, produce el conflicto que irremediablemente llevará a la mujer a la perdición. El ambiente en que se mueven los personajes lo constituye el medio de los literatos; así, el lector asiste a diversas posiciones frente al arte y a la literatura[5].

            Por otra parte, Modesto Parera fue también un destacado crítico literario del diario El Mercurio de Valparaíso, donde creó la columna “La vida y los libros”.

            Obtuvo el Premio Municipal de Literatura de Valparaíso en 1992. Falleció en esta ciudad en el año 2003.

            Por su parte, Julio Flores Vásquez fue poeta, narrador y ensayista. Además, profesionalmente fue un destacado odontólogo. Nacido en Valparaíso en 1926 a orillas del mar y de humilde origen, Julio Flores consiguió gran parte de los objetivos que se propuso al comenzar  el peregrinaje por la vida, entre ellos la idea obsesionante de escribir que lo llevó a desarrollar una importante labor creativa y cultural. En su autobiografía dice que “vine al mundo entre el rumor del mar, el graznar de las gaviotas y el vocinglerío de los pescadores”[6]; efectivamente fue así porque Julio Flores nació en la caleta “El Membrillo” de Valparaíso. Fue un escritor porteño de prolífica producción literaria que incluyó las diversas manifestaciones escriturales: el ensayo, la narrativa (cuento y novela), la prosa poética, la prosa lírica, a parte de una valiosa labor como antólogo y editor de estudios literarios. Preocupado de su formación intelectual estudió literatura en la universidad, sin descuidar sus labores profesionales como odontólogo de prestigio.   

            Julio Flores fue un hombre de fuerte simpatía humana y cultural que trabajó sin descanso por consolidar su vocación primera: la literatura. En su relato autobiográfico ¿Quién es quién en las letras chilenas?, argumenta que su ingreso a estudiar a la Universidad de Concepción a la  carrera de Odontología se debió más que nada a la exigencia que le puso la Armada de Chile a la que había ingresado en 1942: “...acariciaba la idea de licenciarme alguna vez de Profesor de Castellano. Mas no sucedió así: me titulé de dentista. El gran revés fue, que para estudiar en la Universidad, la Armada me otorgó una beca, con la condición que debía elegir una carrera que fuese compatible con el servicio naval. Tuve que elegir entre Medicina, Farmacia y Odontología. Opté por lo último, sin saber qué clase  de carrera era”[7] . Mucho más tarde, siendo un destacado profesional médico, Flores estudió literatura en la Universidad Católica de Valparaíso. Fue en estas circunstancias en que lo conocí.

            Este escritor porteño a través de sus obras nos entrega sus vivencias e inquietudes intelectuales en una lucha constante en pos de sus ideales más queridos entre los que la literatura ocupaba un lugar predilecto. Fue varias veces presidente de la Sociedad de Escritores de Valparaíso, organizó concursos literarios de relevancia nacional y creó una revista cultural de hermoso y marítimo nombre: “Coral”, al igual que el de “Bettina” con que denominaba  a su casa: “el barco de la Poesía Universal, el Navío de la Fraternidad, la Brújula Mayor del lenguaje de los poetas”[8].

            Si revisamos su bibliografía comprobaremos que fue un intelectual inquieto e incansable del quehacer cultural de Valparaíso: en 1965, publicó Te Pito Te Henúa, crónica acerca de la Isla de Pascua, tema recurrente en el autor, ya que estuvo durante varios años en dicha posición chilena insular como funcionario de la Armada de Chile; en 1966, Fragata Lautaro, novela;  en 1967, Cuentos de la caleta; en 1968,  Narraciones de la isla de Pascua”; en 1969, El Papa Rojo, relatos; en  1970, una recopilación de artículos críticos sobre los Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, edición especial de la revista “Coral” –ejemplar que conservamos, pues es una de las publicaciones pioneras en que se recogen artículos y estudios sobre el ahora Premio Nobel de Literatura-; este mismo año publica además, Narrativa actual de Valparaíso, antología con un exhaustivo estudio previo acerca del desarrollo del cuento en la región de Valparaíso; le sigue, José María Arguedas y la novela indígena del Perú, asedios críticos; en 1971, El realismo mágico de Alejo Carpentier”, crítica;  en 1972, Isla de Pascua, ensayo; en 1973, Mi casa en Quemchi, cuentos; en 1974, Geografía poética de Valparaíso; en 1975, Leyendas de Rapa Nui, publicado en España; en 1978 publica su testimonio de 50 años, titulado simplemente Julio Flores, y el mismo año Mis días lejanos, poesía lírica y Valparaíso cultural y artístico; finalmente, en 1979 su novela, El largo viaje de la vieja dama con un prólogo de Augusto Sarrochi, académico de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso,

            Julio Flores fue un escritor cabal que se declaraba un hombre sincero y sencillo, humanista y amistoso en la búsqueda de la fraternidad universal, que lo llevó a establecer contacto tanto con intelectuales extranjeros como nacionales, y a que su obra fuera  conocida y valorada dentro y fuera del país. Dos juicios críticos avalan lo que dejamos consignado recién. El primero del recordado crítico y narrador, Hernán del Solar, quien escribió: “Julio Flores muestra en estas páginas una característica que según creemos, es indispensable para un buen escritor: sabe ver y expresar con limpia precisión lo que ve”[9]. Por su parte, el crítico español Juan José Plans anotó en la Estafeta Literaria de Madrid en febrero de 1976, a propósito de Leyendas de Rapa Nui, catalogándolas de “quince pequeñas pero trabajadas piezas que componen un todo armónico. Todas ellas con el estilo que les era necesario, siempre muy presente el aliento poético, un lirismo ineludible, cautivan”. Por mi parte, en el Mercurio de Valparaíso del 2 de febrero de 1975 escribimos respecto a la Geografía poética de Valparaíso, que con este libro, Julio Flores afianzaba una vez más “su don de saber escribir, y bien”.

            El escritor porteño se hizo merecedor de importantes galardones literarios, como el Premio Municipal de Literatura de Santiago en 1969, el Premio del Concurso de Narraciones de Literatura Oral, auspiciado por el Instituto Nacional del Libro Español en 1972 y el Premio Literario Gabriela Mistral de Santiago en 1973. Aparte de su creación literaria, el escritor Flores fue un académico universitario en la Escuela de Medicina de la Universidad de Chile, Sede de Valparaíso, donde enseñó la cátedra de Microbiología. Falleció en Valparaíso el año 1979.

            Mi tercer evocado es Claudio Solar.  Poeta, novelista, crítico literario, periodista, académico universitario. Debo confesar que con Claudio Solar o Del Solar –como se firma ahora- me ha ligado una suerte de amistad que se inició hace algunos –por no decir, unos cuantos-, siendo yo un estudiante de enseñanza media del liceo de Casablanca interesado por la asignatura de Castellano, y especialmente por la literatura. En aquellos años, el profesor Claudio Solar fue a esa ciudad a dictar un curso sobre Oratoria y me correspondió asistir como alumno. Ese fue mi primer encuentro con Claudio de quien tenía referencias como crítico, por cuanto leía sus comentarios en los diarios regionales y también por la edición de un Diccionario de Autores de la Literatura Chilena, que se publicaba en la desaparecida revista “En Viaje”, editada por la Empresa de Ferrocarriles del Estado, y que regularmente se compraba en mi hogar.

            Mis inquietudes literarias me llevaron más adelante a comenzar a enviar a los mismos diarios en que se desempeñaba Claudio como periodista, pequeñas colaboraciones que fueron publicadas en las páginas dedicadas al  lector y en las que, tal vez, estuvo detrás nuestro escritor, por cuanto siempre hubo una palabra de aliento o consejos para la labor literaria en la que me estaba iniciando. Más tarde, entré a estudiar Pedagogía en Castellano en la Sede de Valparaíso de la Universidad de Chile y es allí, en lo que es hoy la Universidad de Playa Ancha, donde he desarrollado mi actividad académica hasta hoy. Después de este preámbulo necesario, quisiera referirme a la personalidad de Claudio Solar en el contexto de la literatura chilena, pues su presencia trasciende lo meramente regional. Como todos sabemos, es poeta, novelista, dramaturgo, crítico y periodista (además, de ser un sobresaliente pintor). Catedrático universitario, nació en Concepción en 1926 y fue director de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile en Valparaíso. El profesor Hugo Rolando Cortés escribe a propósito de El viaje de la luna pintada (1994), que Solar tiene una imaginación frondosa, eufórica, eutrapélica, personaje de vida múltiple, que luego entra a detallar: “profesor, periodista, cronista de la vida diaria, recitador, charlista, orador de paraninfos, recetario de pasiones inconfesables, astrólogo, vidente, poeta, cuentista, novelador sin abulias adquiridas, en fin, piedra sin reposo, en perpetuo movimiento”. Por su parte,  Luis Fuentealba Lagos en su obra citada, describía al autor como “un hombre de grandes inquietudes espirituales, infatigable trabajador intelectual, despliega una actividad sin reposo. Dicta charlas y conferencias. Escribe en revistas universitarias. Participa en recitales poéticos, en foros acerca de asuntos de inquietante actualidad, donde con brillante estilo, con profundidad y seriedad hace valer sus juicios siempre novedosos e interesantes”[10]. Dentro de sus inquietudes, están también las de orden gremial, por cuanto fue junto a las poetas Sara Vial y Amanda Cevallos, uno de los primeros fundadores de la Sociedad de Escritores de Valparaíso, de la cual fue, además, su primer presidente. Las palabras del poeta Fuentealba Lagos ciertamente que no han perdido validez, pues Claudio Solar sigue siendo el trabajador intelectual incansable tal como lo demuestra su reciente Diccionario Crítico de la Literatura Chilena.  Es Premio Regional de Periodismo “Daniel de la Vega” en 1983 y Premio Regional de Literatura “Joaquín Edwards Bello” en 1984.

            La obra recién citada viene a coronar una fructífera labor literaria de Claudio Solar que iniciara en 1946 con La ciudad detenida en el tiempo, continuando con otros poemarios, obras dramáticas y narrativas, como Los hombres pasan como las nubes, Canción para todos los hombres, El libro de Ximena, Se ha perdido una novia, Los cardenales no mueren jamás, entre otros, que lo han posicionado como un autor imprescindible a la hora de hacer una recensión histórica de la literatura chilena, y especialmente de la escrita en Valparaíso.  En su condición de profesor de literatura chilena, la labor de Claudio Solar como crítico literario en revistas universitarias y en diversos periódicos es también significativa. Su recordada sección en el diario La Estrella de Valparaíso, titulada “El barómetro de libros” -y que yo leía con avidez cada semana, al igual que escuchaba sus comentarios radiados por la emisora Valentín Letelier, con una obertura musical (si mal no recuerdo era parte del allegro de “Las cuatro estaciones” de Vivaldi) que cuando la escucho, me retrotrae en el tiempo-, le permitieron marcar un estilo crítico que hasta el día de hoy evocamos cuando observamos su caricatura con que se identificaba su barómetro de libros, ahora en otra sección de ese mismo diario firmada con un seudónimo astrológico que casi ha velado su nombre propio, y que me he propuesto recuperar a través de estas palabras.

            Es mérito de Claudio Solar haber escrito uno de los primeros estudios acerca de la denominada generación del 50, señalando la importancia que revestía en el devenir de la literatura chilena del siglo XX, la presencia de una generación de escritores y escritoras jóvenes que irrumpían en el espectro de la narrativa nacional a principios del siglo pasado para renovar las estructuras, técnicas, motivos y personajes de una novela que hasta ese momento estaba sumida en un nuevo realismo de corte social. El profesor Solar supo valorar, precisamente, los aspectos señalados, insertando la novelística del cincuenta dentro de los parámetros del existencialismo, puesto que afirmaba que los escritores emergentes “reconocieron que su formación estaba contaminada con lo existencial. El objeto de este ensayo es comprobar hasta qué punto esta generación está influida por el existencialismo”[11]. El documentado ensayo se titulaba “El existencialismo en la generación del 50”. En él se refiere después de contextualizar la situación histórica de la narrativa chilena, a algunas de las novelas más significativas de escritores como José Donoso y Coronación, José Miguel Vergara y Daniel y los leones dorados, Enrique Lafourcade y Para subir al cielo e Islas en la ciudad de María Elena Gertner. Otro ensayo interesante de recordar es el que lleva por título “Valparaíso en la literatura”, y su novedoso “Las siete lenguas del vino”; importante trabajo de carácter dialectológico en que recoge los diversos modos con que en el español de Chile se designan distintas situaciones referidas a lo vitivinícola.

            Cabe señalar también que en su labor como ensayista destacado, Solar inauguró en el diario La Estrella la publicación por fascículos de temas culturales y de formación educacional para los lectores del vespertino a través de su interesante obra “Los siete países de Chile”. La presentación en fascículo de un recorrido histórico-cultural por el país desde el norte hasta el extremo sur, mediante una documentada y atrayente serie, transformó ese texto en una obra de colección. En las misma perspectiva de los fascículos, Claudio Solar publicó tiempo después un diccionario de voces americanas.

            La actividad ensayística de Solar se ha prolongado en el tiempo como lo decíamos más arriba, por cuanto en el año 2001 publicó Historia de la literatura de Valparaíso.  La obra es una muestra significativa de la infatigable actividad intelectual del autor, quien sostiene que “el verdadero patrimonio cultural de una ciudad no son sus edificios ni rincones (...) sino en quienes  la habitaron y le dieron su espíritu, haciéndola valiosa. Es el caso de Valparaíso, su patrimonio cultural son sus escritores y las obras que hicieron en ella y sobre ella”[12]. Se trata de una obra interesante al momento de saber acerca de la ciudad y de sus autores.

            Por otra parte, la actividad poético-lírica de Claudio Solar también ha sido sobresaliente. En el libro del poeta Fuentealba Lagos que tenemos a la vista, se incluye  “Balada para la Gran Ciudad”, un poema inédito hasta ese momento que focaliza el referente de la enunciación poética en Valparaíso como locus metafórico de la realidad del hombre contemporáneo. Formalmente, el poema está dividido en once estructuras versales de un desigual número de versos que, a su vez, van tematizando diversos aspectos del modus vivendi de la ciudad en los que habita un hombre acosado por la soledad, el olvido, la incomunicación y la tristeza, pero que también sabe del amor. Valparaíso como topoi recurrente en la lírica y en la narrativa chilena encuentra en los versos de Solar algunos de sus momentos más significativos. Esta obra poética fue publicada más tarde en 1987 por el Correo de la Poesía de Valparaíso.

            Como su título lo indica, el autor se apropia de una de las formas más primigenias de la poesía, es decir, del concepto de balada que, retóricamente, nos formaliza la composición poética de corte sentimental que usaron los trovadores medievales unidos a la música instrumental para cantar a sus amadas. En Solar, la balada adopta la estructura de un desplazamiento de un sujeto que es, a la vez, sujeto de la enunciación poética y sujeto paciente del enunciado; sujeto poético que deambula por la ciudad que es calificada como “la gran ciudad”. En otras palabras, la balada es para una ciudad que no es otra que Valparaíso, sustantivo propio que, paradójicamente, no es mencionado en ninguno de los versos, sino sólo entre paréntesis después del título. Sin embargo, la omnipresencia de Valparaíso se hace evidente, o nos es revelado, mediante los diversos procedimientos estilísticos, metafóricos y toponímicos con que el poeta nos descubre la ciudad.

            La obra Diccionario Crítico de la Literatura Chilena, en cierto modo, viene a coronar la fructífera obra literaria de Claudio Solar. La escritura de un diccionario no le es ajena a nuestro autor como lo hemos indicado. Los diccionarios son una clase textual bien determinada que tiene sus propios códigos retóricos, que consisten en el ordenamiento comúnmente alfabético de las palabras de un idioma y su correspondiente explicación, o también las palabras de una ciencia, facultad o materia determinada. En cierto modo, la clase textual diccionario vino a responder históricamente a los requerimientos de una concepción de la cultura de carácter ilustrada, al igual que las enciclopedias. El Diccionario Crítico de la Literatura Chilena tiene sus orígenes en el Diccionario de la Literatura Chilena, publicado en 48 fascículos en 1962 por la Revista “En Viaje”, como lo he consignado más arriba. En la posdata con que se abre el texto, su autor se refiere precisamente a la génesis de la obra, señalando que esta “no se concretó en un volumen por lo que el diccionario quedó disperso y olvidado”[13]. Por lo tanto, esta obra puede ser considerada legítimamente como la heredera de aquélla. En el lapso transcurrido, como es obvio, la cantidad de autores y autoras se han incrementado, pero se conserva en sus rasgos principales la impronta que ya tenía la edición en fascículos de los sesenta del siglo pasado, esto es, que en el Diccionario del 2004  se entrega a los lectores una información que comprende tanto los elementales datos biográficos de los autores y autoras, como la relación de las obras y una valoración literaria hecha por la crítica en diarios, revistas y libros.

            Al término de la postdata, Claudio se refiere al porqué aparece como autor del libro “Claudio del Solar”. “Por errata de la revista –escribe recordando a “En Viaje”-, firmaron la primera edición como “Del Solar”. Para no desconcertar al paciente lector he terminado adoptando el “Del Solar” como seudónimo”. Por otra parte, en una carta dirigida a mi persona, agrega que “también es, desde hace tiempo, el seudónimo con el que firmo mis cuadros. Un marchante me dijo que, como pintor, este apellido sonaba mejor y ha conocido...”[14] En la carta, el autor me señalaba que “lo he publicado como una especie de necesaria herencia y el agrado de dar a conocer mis impresiones sobre una literatura que, materialmente, pasó por mis manos durante cuarenta años de ejercer la crítica literaria en los diarios”. Efectivamente, dicho y escrito de manera literal, durante cuatro décadas la literatura chilena fue vista, analizada y valorada por la perspectiva crítica de Claudio Solar; todo esto le da, como es de suponer, una especie de agregado a su diccionario, por cuanto muchos de los autores citados los conoció efectivamente y creó lazos de amistad con ellos. En la carta de la cual estoy espigando algunos trozos, me decía refiriéndose a nuestro diccionario que “es más personal que la de ustedes, por lo reducida (sólo un tomo) y porque es un emocionado recuerdo de tantos autores que conocí personalmente y que fueron mis amigos. En varias de las notas no he podido reprimir la observación, “fue amigo mío”, “mi alumno” (evocando a Jorge Teillier) o “mi compadre” (en el caso de Nicomedes Guzmán)”.

            Precisamente, lo anterior es un mérito del texto de Claudio, ya que le da la impronta de cercanía al lector, en una forma de confidencia que su autor nos hace. Como dije más arriba, las entradas se han configurado de acuerdo al criterio de la información, la difusión y la valoración crítica de los autores y las autoras que van conformando el corpus total del libro que, temporalmente, va desde Alonso de Ercilla hasta Raúl Zurita; en la obra están no sólo los poetas, dramaturgos y narradores, sino también los críticos literarios y académicos/as de literatura chilena. Es decir, el diccionario en comento no hace distinción entre épocas literarias, sino que hace el catastro general de la escritura chilena en su decurso temporal, codificándola de acuerdo a los parámetros señalados (rasgos biográficos, obras relevantes, juicios críticos). Por otro lado, el Diccionario Crítico se plasma como un metadiscurso que tiene como referente las letras chilenas y cuya finalidad es contribuir al registro de la memoria histórica de los autores/autoras en él consignados. La incorporación al texto de los escritores/as chilenos le da a estos el carácter de estar ingresados a un canon discursivo. En otras palabras, un diccionario es la canonización de quienes aparecen en él; de allí que, normalmente, despierta las sospechas, recelos y envidias de quienes no aparecen o han sido marginados, omitidos sin querer, o ex profeso, por el autor del diccionario, convertido entonces en canonista literario. De esto se desprende, por tanto, que cumplir el ejercicio escritural de armar un diccionario de esta naturaleza es a veces una tarea ingrata e incomprendida, por cuanto nos siempre se entiende que esta clase textual está siempre ante una cuestión irresoluble: el diccionario tiene un límite en cuanto  a su extensión. Sin embargo, en una bondad proverbial, Claudio Solar ha procurado que su registro sea lo más exhaustivo posible, a pesar de que escribe “mi esperanza es que a los muchos autores de las generaciones de 1970 en adelante –no incluidos-, la crítica los tome en cuenta valorizando sus obras y poniendo esos comentarios a nuestro alcance”.

            El diccionario de Claudio Solar, además, cumple con otro de los requerimientos de la clase textual en tanto que la virtud del diccionario, de todo diccionario, es la estar concebido necesariamente como un texto de consulta y difusión para todo lector/a curioso o inquieto por conocer la importancia de los escritores consignados. De tal suerte que, este diccionario, al igual que otros en circulación, recupera la noción iluminista que como formato escritural tiene desde sus orígenes. Esta obra cumple con los objetivos que se propuso su autor y será, sin duda, fuente de consulta necesaria. Estimo, sin embargo, que su mérito mayor está en, a su vez, en otro rescate. El diccionario recupera y complementa lo que había quedado detenido en tiempo, como aquellos trenes que están parados sobre rieles que ya no conducen a ningún lugar. El diccionario de Claudio Solar ahora comienza a transitar (en viaje) nuevamente por los diversos derroteros de la cultura letrada.

            Por último, mi cuarto escritor evocado es el  cuentista, novelista, ensayista, cronista e investigador literario,  Manuel Peña Muñoz, quien nació en Valparaíso el 17 de mayo de 1951. Hijo de padres españoles, Manuel Peña de la Iglesia y María Magdalena Muñoz Díaz, el escritor porteño recuerda en su libro Valparaíso, la ciudad de mis fantasmas (2004), que su padre llegó a este puerto siguiendo a su hermano Tomás en busca de mejor fortuna desde el pueblo castellano de Fermoselle. En Valparaíso conoció más tarde a quien sería la madre del autor. En estas incipientes memorias que contemplan los años transcurridos entre 1951 y 1971, Peña recuerda sus estudios de preparatorias en el colegio Tránsito Silva, ubicado en el año 1956 en la avenida Argentina y su posterior ingreso al colegio de los Sagrados Corazones de la calle Independencia donde terminó su escolaridad básica e inició los estudios de las llamadas, en ese entonces, Humanidades. Es aquí donde el escritor afianzó su vocación, pues esta había sido despertada a temprana edad. Escribe que “un profesor decisivo fue Ricardo Santelices Plaza, a quien admirábamos por sus conocimientos literarios en la clase de castellano, en la que analizaba novelas y cuentos"[15]. Posteriormente entró a la Universidad Católica de Valparaíso (1969) a estudiar Pedagogía en Castellano, ya que era lo único que se aproximaba a su vocación de escritor, a pesar de que no le gustaba “demasiado la idea de enseñar castellano en el futuro en un colegio”[16]. Es en esta universidad donde gana por primera vez un premio literario en un concurso de cuentos, con un relato titulado “Berta, o los dorados estambres de la locura”, que después formó parte de su libro inicial, Dorada locura.

            Manuel Peña viaja luego a España a estudiar un posgrado, obteniendo el de Doctor  en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid con una tesis que versó sobre la obra de la escritora María Luisa Bombal, con quien le unió una estrecha amistad. Es la autora de La última niebla y La amortajada, quien le prologará su primera obra. Peña es también especialista en Literatura Infantil y Juvenil y en tal calidad y ha dictado conferencias y cursos en el país y en el extranjero. Por otra parte, ha sido jurado en diversos certámenes literarios en esta área de la literatura como el Premio Susaeta de Literatura Infantil (Caracas, 1995) y Premio Internacional de Literatura Infantil y Juvenil en pro de la Paz y la Tolerancia convocado por la UNESCO (París, 1998, 2000, 2003). En su trayectoria como escritor ha estado becado por diferentes entidades culturales internacionales como Consejo Superior de Investigaciones Científicas de Madrid (1984), entre otras de Alemania y Suiza. Además, la beca del Fondart (1991) y la beca de escritores del Consejo Nacional del Libro y la Lectura (1997).

            El escritor ha obtenido a lo largo de su trayectoria diversos premios y reconocimientos a su prolífica e importante producción escritural, como el Premio Municipal de Literatura de Valparaíso (1997), el Premio de Literatura “Gran Angular” en Madrid por la novela Mágico sur (1997), el Primer Premio del Concurso Literario “Oscar Castro” por su cuento “Háblame de Blommington en Invierno”, incluido en su libro Dorada locura y el Premio de la Fundación José Nuez Martín por su libro inédito –al momento de discernirse el galardón, pues recientemente la obra ya ha sido publicada-, La España que viví. En 2005,  el Premio “Marta Brunet” de Novela Infantil del Consejo Nacional del Libro y la Lectura con su relato Los niños de la Cruz del Sur. Sus crónicas y comentarios literarios y culturales han aparecido en diversos medios como El Mercurio, La Nación y La Segunda en Santiago de Chile.

            Académicamente se ha desempeñado en la Universidad Católica de Valparaíso (1974-1975), Instituto Profesional Educares de Santiago (1980-1984), Universidad Finis Terrae (2000-2001) y Universidad Adolfo Ibáñez, entre otras.

            Manuel Peña es autor de una vasta producción que comprende fundamentalmente el género narrativo (cuentos y novelas) y la crónica y la investigación literaria, como también obras de difusión del folklore infantil. Entre los textos narrativos sobresalen El niño del pasaje (1989), María Carlota y Millaqueo (1991), El collar de perlas negras (1994), Mágico sur (1998), Dorada locura (2000), Talismanes para un mundo feliz (2003) y Los niños de la Cruz del Sur (2007). En el ámbito de la crónica literaria hay que destacar: Ayer soñé con Valparaíso (1999),  Los cafés literarios en Chile (2002), Valparaíso, la ciudad de mis fantasmas (2004) y en 2007, La España que viví..

            En la poética del autor es posible ver la evidente influencia que tuvo en sus primeros relatos la novelística de Manuel Puig. Por otra parte, en sus textos la presencia de la  intrahistoria del autor, ahora revelada por la publicación de sus memorias es sobresaliente, ya que el escritor tiende a  transmutar a través de la configuración estética sus propias vivencias, como por ejemplo en El niño del pasaje.

            Dorada locura, cuya primera edición data de 1978, fue publicado mientras su autor estaba en España y desde allá siguió el proceso de generación del texto que tiene una hermosa portada ideada por el propio Manuel Peña, y como se dijo más arriba tiene unas palabras de María Luisa Bombal, quien califica a los relatos de “cuentos de encanto”, de “historias de caprichos”, descubriendo en ellos “ironía, realidad cotidiana que sabes también convertir en poesía”[17]. En una crónica que escribimos en El Mercurio de Valparaíso, decíamos que “todos los relatos están centrados en personajes femeninos; la característica esencial de estos es ser individualidades marginadas, solitarias en un mundo hostil, demasiado real que las acosa, debiendo crearse un cosmos fantástico donde poder soñar. La irrupción del mundo exterior en esos seres sólo provoca el desorden, el desequilibrio, en definitiva, la destrucción”[18]. Posteriormente, en la edición definitiva de la obra Peña incorporó otros cuentos que conservan atmósferas parecidas.

            En 1989 apareció la primera edición de la novela El niño del pasaje, obra premiada en el Concurso de Novelas Andrés Bello, y que está ambientada en el cerro Alegre de Valparaíso. En sus memorias Peña recuerda que “una tarde de mucho viento mi madrina le llevó a su casa del cerro Alegre. Sin soltarme nunca de la mano, subimos por el ascensor Turri y una vez arriba, a la salida del Paseo Gervasoni, comenzamos a serpentear entre estrechos pasajes, teniendo a ambos lados, las altas casas forradas en láminas de metal ondulado, pintadas de amarillo, granate y verde limón”[19]. Ciertamente que Manuel Peña es el niño del pasaje transmutado en un alter ego llamado Leonardo Wilson, quien recuerda su infancia en aquel pasaje, cuando iba de visita a las casas de las familias británicas y veía desfilar toda una corte de personajes de diferentes perfiles, desde el más refinado al más estrambótico. La novela recupera un Valparaíso ya ido que adquiere características míticas en la mirada nostálgica y poética de su protagonista. El relato fue muy bien recepcionado por la crítica literaria y por el público lector, porque el Valparaíso del niño Leonardo nos envuelve con su encanto.

            Otra novela recomendable es la que tiene por título Mágico Sur. En ella se relatan las aventuras de Víctor Manuel y su madre, quienes viajan de España a Chile con el fin de entregar una misteriosa caja a Celestino que vive en un lugar mágico que invita a la aventura. La novela fue calificada como una novela iniciática escrita con el corazón apegado a los recuerdos, con una mirada poética y un tono permanentemente evocador.

            Por otra parte, las crónicas literarias de Manuel Peña Muñoz nos muestran en su autor a un observador muy prolijo de la realidad y a un documentado reconstructor de tiempos idos cuando estas crónicas se refieren a ambientes, personajes, espacios y situaciones del pasado. Las reconstituciones históricas de Valparaíso en Ayer soñé con Valparaíso, o bien de los cafés literarios nos indican que efectivamente Peña es un “gran cronista de la ciudad”, como lo calificara Alfonso Calderón. Lo mismo acontece con sus memorias escritas con un temple poético, que permite el rescate de aspectos olvidados de la ciudad, pero conservados en la memoria común y compartida por quienes la conocemos.

            En 1979 escribíamos en una de las primeras críticas literarias en un medio de comunicación que recibió Manuel Peña Muñoz, a propósito de Dorada locura –y que él siempre lo ha recordado con gratitud- que en dicho libro se descubría a un autor con un futuro promisorio. El tiempo transcurrido nos ha dado la razón.

Universidad de Playa Ancha

Avda. Playa Ancha 850

Valparaíso, Chile

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[1] Para una descripción pormenorizada de la vida cultural de Valparaíso en el siglo XIX y hasta el año 1970 del siglo pasado recomiendo por el carácter pionero que tiene, el estudio previo a la antología de Julio Flores, titulada Narrativa actual de Valparaíso (1970). Del mismo Flores, consultar Valparaíso cultural y artístico  (1978).También recomiendo la obra de Claudio Solar, Historia de la literatura de Valparaíso, publicada en 2001 por Ediciones de la Gran Fraternidad de Escritores y Artista de Valparaíso. Por otra parte, del destacado poeta porteño, Alfonso Larrahona Kasten  es interesante consultar su Historia de la poesía en Valparaíso, siglo XIX y XX, editada en Valparaíso en 1999 por Ediciones Correo de la Poesía. Diversos aspectos de la ciudad y su historia, el lector interesado los puede hallar en Valparaíso, escenario y artistas de Nancy Astelli Hidalgo y en Valparaíso y el mar de José Luis Carrasco Balmaceda, ambas obras publicadas en el año 2002 por el Gobierno Regional de Valparaíso. Además de Valparaíso navega en el tiempo de Franklin Quevedo Rojas (2000.Santiago: Editorial Planeta) y Valparaíso. Guía histórico-cultural siglo XVI-XXI (2004. Valparaíso: Editorial Puntángeles) de Leopoldo Sáez Godoy, como también las obras cronísticas de Manuel Peña Muñoz referidas a la ciudad.

[2] Fuentealba Lagos, Luis. 1968. Poetas porteños. Valparaíso: Ediciones Océano, p. 154.

[3] Neruda, Pablo. 2004. Confieso que he vivido. Buenos Aires: Editorial Sudamericana Debolsillo. Edición y notas de Hernán Loyola. Prólogo de Jorge Edwards, p.218.

[4] Solar, Claudio. 1966. “Amor, soledad y comunicación en la poesía de Modesto Parera”, en: El libro de Francisca. Buenos Aires: Editorial Orbe, p. 4.

[5] Morales Piña, Eddie “Máscaras. En los bordes de la novela-tesis”, comentario escrito para El Mercurio de Valparaíso, el 23 de enero de 1977.

[6] Flores, Julio. 1978. ¿Quién es quién en las letras chilenas? Santiago: Editorial Nascimento, p. 6.

[7] Idem., p.18.

[8] Idem., 30-31.

[9] Del Solar, Hernán “Narraciones de la Isla de Pascua”, crítica literaria publicada el 27 de julio de 1969 en el diario El Mercurio de Santiago.

[10] Fuentealba Lagos, op. cit.

[11] Solar, Claudio “El existencialismo en la generación del 50”, en: “Revista del Pacífico” del Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, Sede de Valparaíso. Cabe consignar que este ensayo a la fecha no ha perdido vigencia  por la oportunidad de las opiniones estéticas expuestas. Por otra parte, es necesario dejar testimoniado que la “Nueva Revista del Pacífico”, publicación de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Playa Ancha de Valparaíso,  es la heredera intelectual e histórica de aquella para la que Solar redactó su estudio.

[12] Solar, Claudio, op. cit.

[13] Solar, op. cit.,

[14] La carta a la que hago referencia está fechada en Valparaíso a veintidós días del  mes de septiembre del año 2004 y en ella Claudio Solar me solicita que sea quien le presente el diccionario, lo que se llevó a cabo en el mes de noviembre de ese mismo año en el Club Alemán de Valparaíso.

[15] Peña, Manuel. 2004. Valparaíso, la ciudad de mis fantasmas. Santiago: RIL Editores, p. 320. En estas memorias del autor también se va plasmando la imagen poética de la ciudad de Valparaíso a la que ha dedicado un importante número de artículos y libros. De esta manera, Manuel Peña Muñoz se ha transformado en uno de los más relevantes cronistas de la ciudad de los últimos años.

[16] Idem., p. 325.

[17] La primera edición de esta obra se imprimió en la ciudad de Quillota bajo la mirada atenta de su editor, el periodista Roberto Silva Bijit, además de la profesora Ana Julia Ramírez, en ese entonces académica de literatura en lo que es hoy la Universidad de Playa Ancha

[18] Morales Piña, Eddie “Dorada Locura, una selección de cuentos”, en El Mercurio de Valparaíso, 10 de junio de 1979.

[19] Peña, Manuel. 2004. Valparaíso, la ciudad de mis fantasmas, p.39-34.